Cronicas Viajeras
Mondodebate
MULTICULTURAL
DATAMUNDI
ESPAÑOL l INGLÉS l CHINO
notimundo

Latinoamerica

El presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, de gira por diferentes países de latinoamerica.

Norteamerica

EEUU expulsa a cónsul de Venezuela de Miami

Europa

El paro de los pilotos de Iberia afecta a más de 11.000 pasajeros

África

Masiva huelga en Nigería por suba en el precio del combustible

Medio Oriente

Israel dice que sus empresas tienen derecho a explotar los recursos naturales de los Territorios Ocupados.

Asia

China lanza su primer satélite cartográfico civil de alta definición Ziyuan-3.

Oceania

Australia: ensayan un 'spray' bucal para curar la adicción a la marihuana.

GEOPOLIS
por Guido Fernandez Parmo (Argentina)
Coordinador general de GEOPOLIS21.com
Profesor de Filosofía. Investigador. Periodista.
Bahía de Halong, el dragón durmiente

Hanoi, enero de 2012

La historia de la Bahía de Halong que los relatos populares cuentan no se corresponde del todo con la propia historia de este país. Según los mythoí, los relatos, estas afiladas rocas que asoman por el Mar del Este son las espigas de un dragón. Halong quiere dice, precisamente, “dragón descendiente”.

En invierno, en el norte de Vietnam se cubre con un manto blanco de humedad, densa, que atraviesa cualquier ropa, no importa las marcas que lo amparen a uno. Desde el húmedo Hanoi, entonces, nos marchamos en bus hacia la Bahía, en una excursión que por unos 50 dólares nos introdujo en esos relatos mitológicos.

La neblina, que por momentos se condensa hasta convertirse en una llovizna, no nos abandonó y más que preparó el escenario para envolver a las espigas del dragón en un aire misterioso. El barco nos esperó en un puerto que no dejaba ver en el horizonte más que una continuidad indistinta de blancura, y yo recordaba lo que había sido entrar al parque del Taj Mahal y en lugar de la clásica imagen de la tumba, haber visto nada más que ese blanco que cubre al norte de la India en el mes de enero (un tema a considerar para los que quieran viajar a ese país en esta temporada de nieblas –realmente un problema).

Como sabían los viajeros medievales que salían hacia Oriente en busca de mercancías y nuevos fieles, viajar es seguir siempre un relato, y la geografía es siempre una geografía mental compuesta de palabras, historias, leyendas y mitos. El barco, que era el del precio más barato, nos hace sentir dentro de alguna película. Caminando por los estrechos pasillos, por un lado, me siento en el barco de Fitzcarraldo, el que Herzog pasó por encima de la selva en el amazonas, aunque por otro lado, navegar entre estos islotes pacientes que se asoman lentamente por entre la neblina tiene algo de esa travesía del Corazón de las Tinieblas que, como bien sabía Conrad y aprendió Coppolla, era una travesía hacia el alma humana. Por último, también tiene algo de la más comercial Jurasic Park.

Las quejas de los turistas, los gritos del coordinador de la excursión que se esfuerza en su sorprendentemente buen inglés, para que la gente le preste atención nos despiertan de tanta fantasía. Un almuerzo en el saloncito que mezcla, a mi mal entender, un estilo francés colonial y otro chino por qué no también colonial, nos da la bienvenida.

El dragón durmiente que apenas se asoma desde la niebla es realmente mitológico. Contemplando esta maravilla uno entiende la necesidad del mito, de poner en poesía la explicación de qué es esto, porque el lenguaje humano de simple mortal no alcanza para describirlo. Se necesita de la lengua de los dioses para aproximarse a al dragón.

Navegamos entre las enormes piedras que van formando un laberinto hasta un pueblo flotante de pescadores. Casas, almacenes y escuelas flotan sencillamente, y su gente vive allí tal vez sin pisar tierra firme. Bajamos en una plataforma y navegamos en un barquito pequeño, típico de esta región, que tiene la forma de una media nuez. Una mujer rema hacia una pequeña cueva que aparece debajo de la montaña animal. Atravesando la puerta se abre un escondite circular, cerrado, en donde la belleza natural compite con la divina.

Finalmente, a la noche, nos dan la llave de los camarotes y el viaje sigue metiéndose en el arte, porque para nosotros, ciudadanos terrestres, las habitaciones siempre se habían sostenido sobre firmes cimientos. El lugar, a pesar de ser el barco más barato, es un lujo y está muy por encima de los hoteles baratos o hostels que los mochileros suelen buscar.

La excursión de dos días, sin entrar a la isla de Cat Ba, es ideal para quienes no tengan muchos días en el norte de Vietnam. Tanto a la ida como al regreso, las paradas obligadas son en grandes almacenes con todo lo que un turista tradicional desea comprar, al estilo de ceniceros con la leyenda “recuerdo de…”. Halong se encuentra definitivamente en un punto obligadísimo de Vietnam y de todo el sudeste asiático, halla sol o lluvia. A las 17:30 estábamos nuevamente en el centro de Hanoi, justo antes del anochecer, justo a tiempo para cruzarse con el caos de la salida de los colegiales.

cerrar




OTRAS CRÓNICAS SOBRE VIETNAM

Escenas de la vida vietnamita

Escena 1: el agua


Escenas de la vida vietnamita

Escena 2: las mujeres que no andan en motocicleta


Escenas de la vida vietnamita

Escena 3: el inquietante sueño del Tío Ho, o qué es el comunismo vietnamita


Hacele tus consultas a
este Geo-Viajero:

por Guido Fernandez Parmo (Argentina)
Coordinador general de GEOPOLIS21.com
Profesor de Filosofía. Investigador. Periodista.
Escenas de la vida vietnamita

Escena 1: el agua


Hanoi, enero de 2012

Agua arriba, agua abajo, agua en el medio, agua adentro, agua afuera. Todo es entre blanco y gris. La única constante universal: el agua bajo todas sus formas.

En la ciudad, la humedad es una cosa seria. Hanoi tiene unos cuantos lagos, el principal Huan Kien, que alimentan de humedad a la atmósfera. Los pisos pintados con esa espesa mezcla de polvo y agua, los vidrios de los buses que, a pesar del frío y de la queja (siempre constante) de los turistas, se combaten con aire acondicionado.

En el cielo, sencillamente, como decía, forma un manto que se parece más a una película apocalíptica en donde se terminó el mundo que conocemos que a un simple “nublado”. En verano es la temporada de lluvias, del monzón, que azota violentamente produciendo inundaciones. En invierno este clima londinense. Me pregunto cuándo es la mejor época para venir. Halong ha quedado bajo el manto semitransparente.

El campo, que observamos durante las 10 horas de tren que llevó el trayecto Hanoi-Dong Hoi, está compuesto, en su mayoría, de parcelas de agua. En el horizonte, las extrañas montañas que vimos en Halong recubiertas de un verde tupido, en nuestro punto de vista, la carretera y las vías del ferrocarril que parecen firmes, en el medio espejos de agua, figuras geométricas de barro, un verde semi-sumergido. Apenas unos senderos de tierra firme y unos cuadrados de casas que suponemos serán de los aldeanos.


Continuar leyendo >> Escena 2: las mujeres que no andan en bicicleta...
cerrar




OTRAS CRÓNICAS SOBRE VIETNAM

Escenas de la vida vietnamita

Escena 1: el agua


Escenas de la vida vietnamita

Escena 2: las mujeres que no andan en motocicleta


Escenas de la vida vietnamita

Escena 3: el inquietante sueño del Tío Ho, o qué es el comunismo vietnamita

por Guido Fernandez Parmo (Argentina)
Coordinador general de GEOPOLIS21.com
Profesor de Filosofía. Investigador. Periodista.
Escenas de la vida vietnamita

Escena 2: las mujeres que no andan en motocicleta


Hanoi, enero de 2012

Aquí los hombres se la pasan jugando al ajedrez chino o jugando a las cartas acuclillados en cualquier vereda tomando cerveza, mientras las mujeres trabajan. Y las mujeres son las que atienden mayoritariamente los infinitos negocios, las mujeres son las que andan vendiendo fruta con sus particulares canastos de mimbre que cuelgan sobre sus hombros, las mujeres son también las que están al lado de los hombres en las obras de construcción; son las mujeres las que también andan cultivando y trabajando el campo. A los hombres se los ve, pero poco.

En el tren de las diez horas, dos familias distintas. En ambos casos, los hombres dejaron sus butacas para que las esposas se tiraran a dormir más cómodamente. Las hermosas niñitas quedaron con los padres durante las diez horas que, por otro lado, no formaron parte del mundo de la vigilia de las madres. Les dieron de comer, las cambiaron, jugaron, durmieron, alimentaron. En algún momento del mediodía, una vez que la nenita se ha dormido, el hombre aparece con un plato de comida caliente. Despierta gentilmente, casi tímidamente, a su esposa. Le da el plato, le acomoda la mesita de la butaca, le prepara los palillos, la mujer comienza a comer sin decir una palabra y el hombre se retira al asiento de atrás. La mujer termina. El marido retira el plato y, mientras ella vuelve al sueño, extrañamente comienza a limpiar el piso. Nos preguntamos a qué viene tanta obsesión por la limpieza. Despliega una esterilla y se acomoda en ese mismo piso, entre los dos asientos de adelante donde duerme su mujer y los dos asientos de atrás donde duerme su pequeñita. Cómo no va a estar cómodo si han vivido en túneles donde apenas entraban sentados durante días mientras los sucios yanquis no paraban de bombardear la superficie. La tenacidad vietnamita, esa misma que hace que un hombrecillo te empuje para pasar primero en una cola, no tiene fin.


Continuar leyendo >> Escena 3: el inquietante sueño del Tío Ho, o qué es el comunismo vietnamita...
cerrar




OTRAS CRÓNICAS SOBRE VIETNAM

Escenas de la vida vietnamita

Escena 1: el agua


Escenas de la vida vietnamita

Escena 2: las mujeres que no andan en motocicleta


Escenas de la vida vietnamita

Escena 3: el inquietante sueño del Tío Ho, o qué es el comunismo vietnamita

por Guido Fernandez Parmo (Argentina)
Coordinador general de GEOPOLIS21.com
Profesor de Filosofía. Investigador. Periodista.
Escenas de la vida vietnamita

Escena 3: el inquietante sueño del Tío Ho, o qué es el comunismo vietnamita


Hanoi, enero de 2012

Finalmente encontramos un vietnamita con quien poder hablar en inglés bastante fluido. Sin demasiadas mediaciones, preguntamos qué opina del comunismo vietnamita. Su respuesta magnífica expresa, hasta donde llegamos a intuir, la contradicción actual: “Creo que fue bueno para la guerra, pero no lo es para la economía actualmente”. En definitiva, un comentario bastante esperable de cierto sentido común de un hijo del comunismo que no ha conocido demasiado otra cosa que el comunismo. A su entender, el comunismo no es muy eficiente para el desarrollo económico del país. El Estado no puede sacar profits de las tierras, “not good”. Mentalmente me pregunto algo que no me animaría a decir en voz alta: cómo puede ser que sea ineficiente si fue precisamente el comunismo el que reconstruyó un país absolutamente devastado por más de cien años de guerra contra los mayores imperios (mucho antes los chinos, los franceses hasta la mitad del XX, los yanquis durante el XX y, por último, con los chinos hasta entrada la década de los 80) y lo sacó adelante hasta llegar al estado actual. De ese país arrasado por las bombas, el agente naranja, etc., hicieron un país que está en plena expansión. Digamos que fue el propio comunismo el que implementó esa extraña mezcla de socialismo y capitalismo que hace de Vietnam un país que está construyendo por todos lados, en el campo, en la ciudad, puentes, rutas, industrias, etc. Se supone que el capitalismo es el que puede expandir ese crecimiento; claro, ese crecimiento que se mide en cifras. Por ahora, no hay sospechas que suponga también un decrecimiento de alguna parte de la población, como si el aumento del nivel de vida brotara de un milagroso manantial eterno y no de los limitados recursos que todos compartimos.

Industria, comercio por todos lados, autos de alta gama como en cualquier capital europea, inversiones norteamericanas, chinas, koreanas. Una chica cruza la calle. Su buzo en la espalda lleva las inquietantes letras “USA”. Otra chica rema uno de los pequeños botes del Parque Nacional Phong Nha, su campera tiene las iniciales NYC. El vietnamita sólo piensa en el futuro y no en el pasado, y si el crecimiento económico supone aliarse (usar) a los yanquis, así se hace. El resultado: le pregunto al joven vietnamita que estudia en Singapur si estudian la guerra en la escuela. Me dice que sí, claro, pero que no es muy bueno, porque se enseña la versión del gobierno, la versión vietnamita, que es diferente a la que se escucha en US. ¿Dijo lo que dijo? Sí. Ay, Tío Ho, ay hombre intachable que dedicaste tu vida para un Vietnam libre, socialista y con algo más en los corazones de su gente que comprar una tablet Kindle en Estados Unidos porque te ahorrás el shipping!!!!


Regresar a la Escena 2
cerrar




OTRAS CRÓNICAS SOBRE VIETNAM

Escenas de la vida vietnamita

Escena 1: el agua


Escenas de la vida vietnamita

Escena 2: las mujeres que no andan en motocicleta


Escenas de la vida vietnamita

Escena 3: el inquietante sueño del Tío Ho, o qué es el comunismo vietnamita

Soledad Steimberg (Argentina)
Periodista.
Sudáfrica

Quizás haya sido mi fascinación por los animales que, hasta el momento, había disfrutado a escala doméstica o lejos de su hábitat, como en zoológicos.

También pudo haber influido el costado exótico del viaje, conocer tierras que atraían no sólo por su geografía sino por su historia y etnia.

La cuestión fue que en mayo de 2011 fuimos con mi novio a Sudáfrica. Inmejorable época, ni frío ni calor y casi siempre soleado. Nuestra primera parada fue Johannesburgo, una ciudad que contrasta por la muy extraña convivencia de su población. La abundancia de una ciudad que supo saborear el brillo del oro y la suntuosidad de edificios maravillosos y ahora, como todo metal abandonado y descuidado, está opaco. La minoría blanca lleva adelante una vida que podría calificarse positivamente como “europea”. Mientras que la gran mayoría de raza negra, les recuerda constantemente que esas tierras que habitan, son africanas. Ellos tienen un nivel de vida tercermundista. Viven mal y todavía lidian con el miembro fantasma del apartheid. Porque en las recepciones de los hoteles te van a atender blancos, pero los cafés te los van a servir los negros. Y “no hay tu tía”. Caminar por esta ciudad implica entender que no te podés alojar en ella, porque se edificó una ciudadela al lado y turísticamente viable para albergar grandes cadenas hoteleras. Es que Johannesburgo, de noche, es indomable. Los habitantes de raza negra ahora son los dueños de la ciudad, sin embargo viven en edificios usurpados.

Hicimos un city tour arriba de un auto particular, el de una ciudadana de origen holandés que nació en Durban y ahora se dedicaba a pasear turistas. Ella nos llevó a todos los lugares más destacados de la ciudad, nos mostró las dos caras y le pudimos preguntar desde cómo vivió ella los cambios socio-políticos de su país hasta cuál era su comida favorita. Fue un lujo, por pocos dólares.

Camino al siguiente destino hicimos una pasadita por Pretoria, que no llamó tanto nuestra atención. De hecho nos resultó bastante indiferente, salvo por la cantidad de jacarandáes, que nos quedamos con las ganas de ver en flor. Nota mental: hay que venir en primavera, porque dicen que es imperdible, aunque nosotros nos lo perdimos.

Luego vino lo más alucinante: el safari por el parque nacional Kruger, que tiene una superficie de 18.989 km². Madrugamos para ver despertar la sabana. Y ya sabíamos que dependíamos enteramente de nuestra suerte. “Hay animales que son difíciles de encontrar” nos dijo desde el principio el guía mientras subíamos al jeep. Poco a poco esa suerte empezó a estar de buen humor. Elefantes, rinocerontes, cocodrilos, pájaros de todos los colores, monos, búfalos, cebras, antílopes, jirafas, jabalíes empezaron a desfilar ante nuestro entusiasmo. Pero todavía nos faltaban dos figuritas difíciles, los leones y leopardos. Éste último, solitario, apareció cruzando una de las calles internas del parque. Flipamos mal. Ahora parece una pavada, pero en ese momento, es lo que más queríamos ver en la vida ¿Dónde más íbamos a encontrar a este felino en estado salvaje? Y desde ese momento, subimos la apuesta: nos quedaban los leones. Ya habían pasado como dos horas de bichos repetidos hasta que el ojo entrenado del guía nos sació la ansiedad. No uno, ni dos, ni tres. Una manada de leones retozando entre los yuyos casi nos hace llorar de la alegría. Habíamos visto todos los animales. Y nos agrandamos cuando encima nos dijeron que hacía rato que un grupo no veía todo. Listo, este viaje se puede terminar mañana. Esos leones bostezando valieron los ahorros.

Como cierre de nuestras vacaciones elegimos Cape Town. Y ahí nos confundieron de nuevo ¿Dónde estamos? ¿En Holanda, Francia? No, en tierras africanas. Riqueza absoluta, glamour total, paisajes inigualables, todo en una misma ciudad costera. La imponente Table Mountain, una montaña declarada parque nacional, ubicada en medio de la ciudad y que tiene forma plana en la cima, es la reina y señora. Sin duda subimos, con un teleférico, y se nos cayó la mandíbula con la vista desde ahí arriba, encima, en un día de sol y despejado ¡Pero qué buena onda tuvo la suerte ese día también! Y encima estaba lleno de “dassies” una suerte de ositos ratunos que eran un amor.

Cuando bajamos, recorrimos la ciudad en auto alquilado. Se nos complicó un poco al tener el volante del lado derecho, pero pronto nos acostumbramos y disfrutamos de la independencia del “doblá acá, andá para allá”. Vimos una reserva de pingüinos y viajamos hasta unos acantilados, donde estaba el Cape Point y su correspondiente faro. Otra vez tuvimos que levantar la mandíbula caída por el paisaje.

Si fuéramos agentes turísticos diríamos “es un país que tiene todo, fauna, flora, ciudades ricas, pobres, históricas. Se siente el aura de Mandela en casi todas las esquinas”. Pero como no lo somos, a la vuelta, dijimos a los amigos: “está buenísimo, tienen que ir".


cerrar




Gonzalo Zurano (Argentina)
Periodista.
Montevideo - Ciudad Vieja

Un boxeador retirado larga el humo de su cigarrillo y mira por la ventana, como si mirara a la ciudad desde un barco en alta mar. Un empleado de banco calcula el tiempo que le queda para terminar su chivito antes de volver a la caja. El mozo parece haber olvidado algo urgente, algo que no tiene que ver con su trabajo. Y en la mesa de la esquina un turista toma unos apuntes parecidos a estos. Así transcurre esa hora confusa entre el mediodía y la tarde, en el Fun Fun, el bar más emblemático de Montevideo, donde según cuanta esa leyenda también confusa, una noche cantó Gardel.

El total de la cuenta tiene una cantidad de ceros que en cualquier otro lugar asustaría. Pago y salgo a caminar por 25 de mayo hasta Ituzaingó, para volver a la ciudad vieja o a la ciudadela que es como le dicen los montevideanos. Cuando doblo y entró a la parte más antigua de la ciudad la cosa se pone pintoresco, una gran cantidad de turistas recorre las veredas angostas sacando fotos y se escuchan muchos acentos diferentes aunque predomina el ingles y el portugués. En la plaza Constitución que vendría a ser el corazón de la ciudad vieja se juntan los “rastrillos” que son a los que en Buenos Aires les dirían “pungas”, el asunto no pasa de un pedido de cigarrillo, alguna pregunta amistosa y una moneda con destino noble. Sin embargo muchos prefieren esquivar la plaza obedeciendo a una alerta no muy razonable y creyendo que salvan sus vidas.

Sobre Sarandi hay dos librerías muy buenas. Una de ellas se llama “La Lupa” y es angosta, con unas escaleras que descienden al sótano donde se puede encontrar bastantes rarezas literarias, como una traducción de Borges de El Ruido y la Furia, de Faulkner, o la primera edición de Crónicas Marcianas, de 1955 intacta. La otra librería que está sobre la misma calle a menos de dos cuadras de La Lupa, tiene un nombre raro y fácil de olvidar pero los libros autóctonos son especialidad ahí, y cualquier cosa que haya escrito Onetti o Felisberto Hernández descansa en uno de esos estantes.

Después, cuando se va haciendo de noche, vuelvo a caminar por Ituzaingó o por Mitre, y entonces uno puede hacer una parada para tomar algo en El Brasilero, o volver al Hostel a descansar un poco antes de volver a ponerse en marcha por la misma ciudadela para encontrar siempre a abiertos al Pony Pisador (nombre que alude a la taberna donde descansaron los Hobbits antes de su viaje) o el Medio y Medio. Pero esa ya es otra historia y casi nunca se recuerda mucho cuando se vuelve de cualquiera de estos lugares.

cerrar




por Guido Fernandez Parmo (Argentina)
Coordinador general de GEOPOLIS21.com
Profesor de Filosofía. Investigador. Periodista.
Marrakech, o la osadía de andar solo o cómo el pez se aclimata a la pecera

Llegamos a Marrakech tipo 20 30. El aeropuerto en cinco minutos estaba desierto. Los pocos pasajeros que viajaban en el vuelo de Ryanair, la mayoría franceses que parece que se encuentran a gusto en un país que habla el francés casi como la lengua propia, desaparecen quién sabe dónde.

Y entonces la primera impresión conocida: llegando a los taxis, el mismo misterio de quienes uno sabe que quieren timarte pero que sin embargo ponen cara de serios. Veinte euros a la Medina, la ciudad antigua y amurallada de Marrakech. Sospechamos con razón que el precio es astronómico.

Intentamos discutir el precio, entre español, francés e inglés. Aquí todo el mundo, desde un niño de 6 años que pide una moneda, hasta un hombre de 50 que nos atiende en una pensión en la lejana Merzouga (en las puertas del desierto del Sahara, justo en el límite de la nada), hablan árabe o bereber, francés, español, cuando no algo de alemán o japonés.

El taxi, sin reloj!, nos deja en una esquina en donde comienza una peatonal repleta de gente. Nos señala y nos dice: “Tout droit”, todo derecho. Ahí nos deja, porque, por supuesto, por ahí no pasa el auto. En mi mano está la dirección de nuestro Riad, el hotel que está metido en la Medina. Error: la Medina es un laberinto de callejuelas que a veces no tienen más que dos metros de ancho, muchas veces oscuras, sin nombre; imposible de orientarse. Entrar, por ejemplo, al mercado principal de Marrakech, al Zoco, es como entrar a otro espacio, en donde uno camina y camina por pasillos, calles, en donde hay un puesto al lado del otro, dobla para un lado, para otro, y cuando cree que tiene que estar saliendo a un lugar, está en realidad en otro, y cuando cree que doblando allí tiene que estar la salida (porque ya caminó mucho y según sus cálculos por allí pasaba una calle), sigue otro pasillo más con mercaderes que ofrecen absolutamente todo y buscan hacerte entrar con todo el arte milenario bereber de vender.

Primera recomendación para el viajero: o bien tener un mapa exacto con la dirección del hotel, algo bastante difícil, o bien llegar con un transfer contratado para que la misma persona los guíe, o bien, como hicimos nosotros, apostarle a uno de los miles que se ofrecen para indicarles por algún euro.

Con las mochilas sobre la espalda y el pecho (son dos cada uno), entramos en la peatonal. Inmediatamente nos damos cuenta de que no hay forma de encontrar la calle. Hacemos dos pasos, mucha gente caminando, vendiendo en los locales, en los puestos callejeros, mendigos, y gente en general. Dos pasos más y un hombre se abalanza sobre nosotros ofreciendo Hotel. Conozco esto de la India y Egipto: no gracias, insiste, “Ya tenemos hotel”, decimos en español porque el hombre ni bien vernos nos cruzó con el “Hola amigos!” (todo un arte el de esta gente el de adivinar y gritar desde su lugar al pasar: “Hola, bienvenidos. Pasa, pasa. Sólo mirar, no comprar”, o “Hello, friend. Come, come!” o “Bon Jour, Bienvenue…”).

Nos lo sacamos de encima para que inmediatamente aparezca otro. Ingenuamente le decimos que ya tenemos hotel. Dónde, pregunta, cuál. A ver, y estira la mano para sacarme el papel que tengo en la mano. Esquivo el gesto y digo la dirección. Otro que escucha por allí se apura y nos dice que por aquí, aquí, señalando una callecita bien pequeña que se mete en el laberinto. Hacemos dos pasos, y nos quiere meter de prepo en un Hotel cualquiera como si fuera el nuestro. Volvemos a la peatonal. Entramos en un negocio, esperando conseguir una indicación menos interesada. El primero en contestar dice: “A gauche”, a la izquierda. Un segundo hombre sale del negocio para mostrarnos dónde (un hombre que, dicho sea de paso, estaba ahí, sin saber si era empleado o cliente), que nos acompaña, pero doblando A droit, a la derecha. No, no, decimos confiando en el primero. Dice que por allí es más largo, que lo sigamos, que no, medio enfadado nos hace caso y comienza a caminar por la primera callecita por donde nos habían metido. Lo seguimos doblando una y otra vez por pasillos-calles que van oscureciéndose. Ese es el momento de apostarle a la confianza. El hombre camina bien rápido. Hay que calcular las curvas, dónde doblamos, mirar referencias, por si es preciso salir de regreso corriendo. Finalmente, en el fondo de un oscuro pasillo, luego de haber pasado unos túneles con hombres envueltos en túnicas o fumando, llegamos a la Riad Hamdane. La luz se hace nuevamente, y esta vez creemos, sí, que Alá es grande en serio. Por supuesto, el hombre espera una propina. Saco la moneda que tengo, dos euros. Me mira con cara de pocos amigos. Más, más, me dice. Y, protegido por la puerta del Riad (que sin embargo, a pesar de su porte antiguo, está bien cerrada), le digo que está bien. Mierda, que sólo caminamos, a fin de cuentas, unos 500 metros (los más enroscados y torcidos). Abren la puerta del Riad. Llegamos.

La confianza aquí es una cosa de suerte. Hay de varios tipos: los que no buscan nada, y sólo dan amablemente la bienvenida; los que dan la bienvenida para a continuación ofrecer algún servicio (acompañarte a una dirección, vender algo, ofrecer porro), que se cumple efectivamente pero que hay que pagar por supuesto; los que se ofrecen buscando un interés que no coincide con el de uno. Lamentablemente, no hay cómo distinguirlos, y uno tiene que ir dispuesto a caer en cualquiera.

Y así es Marrakech y Marruecos en general (en Fes hay un clima, sobre todo después de las 7 de la tarde, un poco más denso, considerando que su Medina es mucho más grande y que sus pasillos son infinitamente más abundantes, retorcidos y oscuros). La Medina, la ciudad amurallada del año 1062, tiene como corazón a la gran plaza Jamaa El Fna, con encantadores de serpiente, bailarines, percusionistas, vendedores de naranja, de dátiles, con monos tomados de una correa, juegos típicos de feria, religiosos envueltos en mantas dando discursos a una platea de hombres atentos, mujeres con el rostro tapado vendiendo gorros, chalinas, remeras de Messi, hornitos para preparar Tajine, y el etcétera más largo de todos.

La plaza central de Marrakech no tiene comparación. Durante todo el día, a partir de las 10 am, late sin cesar, en un ambiente agradable, alegre, divertido, ruidoso y lleno de olores y sabores.

No perderse las delicias dulces que ofrecen hombres sobre carros ambulantes.

En la misma plaza, los puestos de comida se montan a la noche. Pasar de una punta a la otra de todos esos puestos puede ser toda una hazaña. En cada uno, algún joven dirá Hola, Bienvenido, gracias, Español?, no, argentino. Argentino?!, Messi! Pasa aquí, aquí, la mejor comida, todo lo mismo, la diferencia es la calidad. Uno sigue caminando, con el brazo del amigo por lo hombros tratando de convencer de que paremos allí. Hola! Aquí, el Javier Bardem de Marrakech!. Argentino!, Oh, Maradona!. Finalmente, comimos en el puesto 117, Cous-cous au poulet, de pollo.

Comer aquí está entre los 120 o 190 dirhams para dos personas (un poco menos de 12 y 19 euros). Eso sí, para quienes quieran cenar con alcohol, alguna de las dos cervezas marroquíes o vino, deberá ir a un restaurante. Según la costumbre, el alcohol o no se toma o se toma sin que lo vean, como hizo el guía en el desierto del Sahara que aparecía cada vez más tomado mientras estábamos en las tiendas.

El primer vendedor con el que lidiamos, más hábil que Odiseo, nos termina diciendo: es nuestra tradición tuareg, no bereber, dice. Bereber es sinónimo de mercader que sabe sacar buen precio, y aunque aquí tal vez la mitad o más son árabes, son todos grandes bereberes. El comienzo puede ser por cualquier lugar, el final siempre es alguna oferta. Hay que ir a jugar el juego del regateo y vivirlo como tal, sino puede ser bastante pesado.

Al final, como toda ciudad nueva a la que uno llega, la imagen que se me viene a la mente es la del pequeño pececito puesto dentro de una bolsa dentro de la pecera hogareña. Al final, uno se aclimata y se pierde en el tumulto, en el ritmo, en los gestos, y pasa de largo pretendiendo (engañándose) haber conquistado al pez más grande.

Merzouga, o las puertas del Sahara.

Opción para ir al punto más lejano de Marruecos, al borde con Libia, Merzouga, donde están las dunas de Erg Chebbi (erg es, creo, duna): alquiler de auto. El pequeño Geely, que nunca supimos de qué marca era. Ida y vuelta, con parada en Ouarzazate, 1300 kilómetros. Pasamos por arriba de la cordillera del Atlas, a unos 4000 y pico de metros. En el medio, las cien Kasbbahs. Una kasbbah era una fortificación militar, con barrios y todo, del desierto. La de Ait Ben Haddou, enorme, toda de barro, con los insistentes locales que quieren llevarte y hacerte una recorrida. Aquí, para los amantes de The Clash, no había forma de dejar de tararear su clásica canción de The Clash, aunque no hayan quedado muy rockeadas a pesar de Joe Strummer.

El auto, aunque más caro que una excursión, tiene la ventaja de que permite parar en los encantadores pueblos que cuelgan del Atlas. Por unos 30 o 35 euros diarios (más la nafta a 1 euro el litro), se llega en unas 3 horas y algo a Ouarzazate desde Marrakech.

De Ouarzazate a Merzouga nos metimos en el desierto. Si se toma la ruta que pasa por Errachidia, se tarda unas 6 o un poco más, debido a la cantidad de pueblos que hay en el medio. Hay una ruta alternativa que saltea Errachidia más corta con menos pueblos. Pueblitos de apenas una calle de ancho, la propia ruta, en donde las mujeres andan todas indefectiblemente tapadas con el velo negro de pies a cabeza. Los hombres, como occidente.

Si uno tiene tiempo, conviene optar por alguna ruta alternativa, para ver el interior profundo de Marruecos. Las rutas no están en excelente estado, pero si se conduce a los 100 kilómetros por hora permitidos no hay ningún problema. Por otro lado, hay controles policiales cada dos por tres, a veces con radares, otras con carteles que dicen Halte Policia, que quieren decir que hay que detenerse completamente y esperar que el policía de la orden de seguir.

En Merzouga, paramos en un albergue. Tiramos las mochilas en la habitación, y tomamos los dos dromedarios conducidos a pie por Jasem. Las enormes dunas del desierto enfrente. Tras casi una hora de andar, subiendo y bajando dunas cada vez más rojas por la luz del atardecer, llegamos a la Haima, la tienda, donde pasamos la noche. El frío de la noche sólo es comparable a la insistencia bereber o a la inmensidad del cielo estrellado. Fogón, Tajine de pollo, música. Al final, nos envolvemos en algo así como cuatro gruesas frazadas cada uno y recuperamos el calor.

Dormir en medio de las dunas, en lo que es sólo una primera muestra del desierto del Sahara, es para no perder, y vale los contratiempos que puedan aparecer. A la mañana siguiente, con el sol del amanecer, montamos nuevamente los dromedarios. Llegamos al albergue, desayunamos, y nos montamos en el moderno medio de transporte.

La aventura para quien quiera alquilar auto es salir y entrar a Marrakech y su Medina, conduciendo entre carros tirados por burros, gente que solo pasea, bicicletas, motos, puestos callejeros, por esas calles que desconocen la clasificación occidental disciplinaria de vereda, calle, peatón, automóvil, etc.


cerrar




Alejandro Camaño (Argentina)
Coordinador general de GEOPOLIS21.com
Periodista.
Madrid

1.

Llegar a Barajas es llegar al cuarto aeropuerto más importante de Europa y al undécimo del mundo en tráfico de pasajeros. Nuestro plan, luego de ser "aceptados" por esta Europa en crisis, es salir rapida y economicamente del aeropuerto. Nada de taxis.

Varias son las estaciones de metro que salen directamente desde la terminal aeroportuaria, así que de las alturas del cielo a las profundidades de la tierra de la mano de la Línea 8 del Metro de Madrid (Nuevos Ministerios-Aeropuerto T4) Objetivo: alcanzar el punto zero de España “Puerta del Sol”. Estar atento a las combinaciones ha realizar, sabemos que si todo va bien en 40 minutos más o menos tendríamos que estar asomando nuestras cabezas de la boca de la Estación Sol.

Lo primero que vemos al poner los pies en la superficie es a un portugues durmiendo en la calle, que tiene un cartelito colgando; pide 1 euro para comer. Hace frío en Madrid.

En diciembre, enero, la ciudad se viste para celebrar las fiestas y vaya que lo hace a toda orquesta. Cada punto importante como ya es tradición en Madrid se lookea con gigantescas luces navideñas, así es como Plaza Mayor, Chueca (un soho español, muy coqueto, reconocido también por su diversidad sexual,) Puerta del Sol, y La Gran Vía, te sorprenden con un diseño de luces bien distintos.

Madrid es una ciudad que la recorres en poco tiempo. Dos días permiten apreciar el encanto de esta capital europea, que si bien no posee el encanto de una Paris, ni la fuerza de Roma, ni la belleza de Praga, esconde en sus rincones y en sus parques una lindura única. Por cierto, es muy similar en algunos tramos a Buenos Aires.

España celebra las fiestas envuelta en una crisis que golpea fuerte. El desempleo sigue creciendo, 5 millones de "parados", tiendas que cierran, muchos carteles con la leyenda "se alquila".

Se respira la crisis, se avecinan recortes y ajustes que afectarán como siempre a los que menos tienen.

Pero pareciera que los madrileños han decidido no dejar que tamaño pantano en el que están sumergidos les amargue el dulce.
Como las fiestas, aquí se viven a fondo, (la religión católica conserva una presencia bien fuerte en España) ves puestitos vendiendo figuras para decorar y armar tu Belén, también observas largas colas para comprar un billete de lotería (otro signo del bolonqui social)

En Plaza Mayor, Puerta del Sol y en el Parque del Retiro te topas con estatuas vivientes (las hay de alta calidad y otras que bue... ) también para diversión de los niños son varios los personajes que aparecen dispuestos a por unas euromonedas prestarse para una foto, así es como vemos desfilar a Hombres arañas panzones, Doras Exploradoras altísimas, Bob esponjas con los pantalones mal puestos. Un espectáculo un tanto gracioso y decadente.
Si lo que te gusta es hacer footing El Retiro es el lugar ideal, es muy bonito, se trata de un espacio de paseo y recreación cuidado y con un ambiente muy familiar.

2.

En Gran Via por la noche hay prostitución y gente en estado crítico. Claro que la avalancha humana de estos días que pasea y se adueña de la ciudad para compartir un momento, hace que no se note tanto la marginalidad que rodea a la capital del reino de españa. Porque no sé si sabian pero España tiene Reyes! joder!

Todos los desposeidos, los que duermen bajo las estrellas, los africanos que entran al bar y sólo consumen...agua, los rumanos, los marroquies, los que abandonaron su tierra, sus familias, todos ellos más unos cuantos españoles, saben que la cosa está dura, ya saben que por más que digan que Europa está bien vestida, y que el bueno del Rey se pasea preocupado por sus jardines, ya saben que aqui se ha desatado una lluvia de problemas que ponen a Europa misma al borde de una quiebra social sin precedentes.

El Rey está desnudo gritan los parados y los millones de jovenes que no encuentran empleo. Es que como sea, el crecimiento se detiene y la corrupción política se puso de moda. Así que a España hoy le toca bailar una música que creía que no iba a tener que bailar. Pero así funciona este puto mundo, hombre. Gana el que más tiene. Y si, asi es como ves marchas de indignados y afichetas pegadas en las puertas de los bancos que dicen "este banco roba y estafa a los españoles." (cualquier similitud con Argentina de hace unos años, pura coincidencia) l

3

Si queres alejarte un poco del centro El sencillo de metro vale 1 euro y te conecta entre otros muchos lugares, con la estación Ventas para apreciar La plaza de Toros si es que te cabe todo ese rollo taurino. La red subterránea y de trenes es muy buena.

Para Hospedarte hay opciones económicas como el hostal Patria en Calle Mayor situado en el centro del corazón de la ciudad, u "otros hoteles con onda más fashion" como el pratik metropol en la peatonal Montera.

De Tapas: Bien Vale la pena caminarla mucho y meterse en sus freidoras y pedirte una cerveza tirada (caña) con una tortilla de patatas y sumarle olivos y unas gambas al ajillo. Pero a un buen “picoteo” (aperitivo) no debería faltarle ni jamón ibérico, ni calamares fritos, ni unos boquerones en vinagre; en fin, hay gran variedad de tapas.

La oferta gastronómica es diversa como en toda gran ciudad, pero más allá de los restó temáticos, (onda: comida sushi, o tahilandesa, a árabe) lo mejor es meterse en esos bares no tan céntricos y comer viviendo el verdadero ambiente madridista. Con mozos gritándose y gente acodada en la barra. Si es viendo un partido de la Liga mucho mejor. Es que no hay mejor manera de conocer a las personas que viéndolas comer o mirándoles como es que se apasionan con el fútbol. Esa manera, la de observar la ciudad a traves de los actos cotidianos de la gente es la mejor manera de viajar. Meterse en el medio del ruido, aveces la mejor manera de escuchar.

Desde ya no apto para los amantes de la paz oriental.

cerrar





Soledad Steimberg (Argentina)
Periodista.
Sudáfrica

Quizás haya sido mi fascinación por los animales que, hasta el momento, había disfrutado a escala doméstica o lejos de su hábitat, como en zoológicos.

También pudo haber influido el costado exótico del viaje, conocer tierras que atraían no sólo por su geografía sino por su historia y etnia.

La cuestión fue que en mayo de 2011 fuimos con mi novio a Sudáfrica. Inmejorable época, ni frío ni calor y casi siempre soleado. Nuestra primera parada fue Johannesburgo, una ciudad que contrasta por la muy extraña convivencia de su población. La abundancia de una ciudad que supo saborear el brillo del oro y la suntuosidad de edificios maravillosos y ahora, como todo metal abandonado y descuidado, está opaco. La minoría blanca lleva adelante una vida que podría calificarse positivamente como “europea”. Mientras que la gran mayoría de raza negra, les recuerda constantemente que esas tierras que habitan, son africanas. Ellos tienen un nivel de vida tercermundista. Viven mal y todavía lidian con el miembro fantasma del apartheid. Porque en las recepciones de los hoteles te van a atender blancos, pero los cafés te los van a servir los negros. Y “no hay tu tía”. Caminar por esta ciudad implica entender que no te podés alojar en ella, porque se edificó una ciudadela al lado y turísticamente viable para albergar grandes cadenas hoteleras. Es que Johannesburgo, de noche, es indomable. Los habitantes de raza negra ahora son los dueños de la ciudad, sin embargo viven en edificios usurpados.

Hicimos un city tour arriba de un auto particular, el de una ciudadana de origen holandés que nació en Durban y ahora se dedicaba a pasear turistas. Ella nos llevó a todos los lugares más destacados de la ciudad, nos mostró las dos caras y le pudimos preguntar desde cómo vivió ella los cambios socio-políticos de su país hasta cuál era su comida favorita. Fue un lujo, por pocos dólares.

Camino al siguiente destino hicimos una pasadita por Pretoria, que no llamó tanto nuestra atención. De hecho nos resultó bastante indiferente, salvo por la cantidad de jacarandáes, que nos quedamos con las ganas de ver en flor. Nota mental: hay que venir en primavera, porque dicen que es imperdible, aunque nosotros nos lo perdimos.

Luego vino lo más alucinante: el safari por el parque nacional Kruger, que tiene una superficie de 18.989 km². Madrugamos para ver despertar la sabana. Y ya sabíamos que dependíamos enteramente de nuestra suerte. “Hay animales que son difíciles de encontrar” nos dijo desde el principio el guía mientras subíamos al jeep. Poco a poco esa suerte empezó a estar de buen humor. Elefantes, rinocerontes, cocodrilos, pájaros de todos los colores, monos, búfalos, cebras, antílopes, jirafas, jabalíes empezaron a desfilar ante nuestro entusiasmo. Pero todavía nos faltaban dos figuritas difíciles, los leones y leopardos. Éste último, solitario, apareció cruzando una de las calles internas del parque. Flipamos mal. Ahora parece una pavada, pero en ese momento, es lo que más queríamos ver en la vida ¿Dónde más íbamos a encontrar a este felino en estado salvaje? Y desde ese momento, subimos la apuesta: nos quedaban los leones. Ya habían pasado como dos horas de bichos repetidos hasta que el ojo entrenado del guía nos sació la ansiedad. No uno, ni dos, ni tres. Una manada de leones retozando entre los yuyos casi nos hace llorar de la alegría. Habíamos visto todos los animales. Y nos agrandamos cuando encima nos dijeron que hacía rato que un grupo no veía todo. Listo, este viaje se puede terminar mañana. Esos leones bostezando valieron los ahorros.

Como cierre de nuestras vacaciones elegimos Cape Town. Y ahí nos confundieron de nuevo ¿Dónde estamos? ¿En Holanda, Francia? No, en tierras africanas. Riqueza absoluta, glamour total, paisajes inigualables, todo en una misma ciudad costera. La imponente Table Mountain, una montaña declarada parque nacional, ubicada en medio de la ciudad y que tiene forma plana en la cima, es la reina y señora. Sin duda subimos, con un teleférico, y se nos cayó la mandíbula con la vista desde ahí arriba, encima, en un día de sol y despejado ¡Pero qué buena onda tuvo la suerte ese día también! Y encima estaba lleno de “dassies” una suerte de ositos ratunos que eran un amor.

Cuando bajamos, recorrimos la ciudad en auto alquilado. Se nos complicó un poco al tener el volante del lado derecho, pero pronto nos acostumbramos y disfrutamos de la independencia del “doblá acá, andá para allá”. Vimos una reserva de pingüinos y viajamos hasta unos acantilados, donde estaba el Cape Point y su correspondiente faro. Otra vez tuvimos que levantar la mandíbula caída por el paisaje.

Si fuéramos agentes turísticos diríamos “es un país que tiene todo, fauna, flora, ciudades ricas, pobres, históricas. Se siente el aura de Mandela en casi todas las esquinas”. Pero como no lo somos, a la vuelta, dijimos a los amigos: “está buenísimo, tienen que ir".


cerrar




Mundo



El 30 de octubre de 2011,
con el nacimiento deDanica Mae Camacho en Manila, Filipinas se alcanzó la cifra de 7 mil millones
de habitantes.




De 243 paises que hay en
el mundo, sólo 193 son Estados miembros de la ONU.




Hace 2,5 millones de años
que el ser humano habita
el planeta tierra.
facebook Google + Twitter
®2012 GEOPOLIS Siglo XXI - Todos los derechos reservados
www.geopolis21.com.ar - comunicate@geopolis21.com.ar

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player